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¡ Fuera las Murmuraciones!

January 12th, 2009

Este artículo está tomado de un parrafo del libro EL PODER DE LA ALABANZA, editado en 1974 por Editorial Vida y escrito por el pastor Merlin Carothers. Los que aman los libros seguramente lo conservan y no solo eso sino que a mas de treinta años todavia se comenta, lo que le da a esta obra el calificativo de “clasico”. Disfrute usted ahora y ponga por obra….

Durante cuarenta años peregrinaron los israelitas, y siempre había algo que marchaba mal, por lo que se quejaban amargamente y querían volver a los pucheros de carne de Egipto.

¿Por que tardaron cuarenta años en recorrer trescientos kilómetros? Aun con mujeres, niños y ganado, hubieran podido hacer ese recorrido en unas semanas. Se retrasaron a causa de sus murmuraciones y no quisieron confiar en que Dios cumpliría su promesa, teniendo cuidado de todas sus necesidades.

Cuando los israelitas llegaron a los límites de la Tierra Prometida, descubrieron que allí vivían gigantes, en ciudades fortificadas. Y en vez de regocijarse de los obstáculos y alabar a Dios, puesto que les había prometido que echaría delan­te de ellos a sus enemigos, los israelitas se vol­vieron contra Moisés y pidieron regresar a sus pucheros de carne de Egipto, acusando a Moisés de haberles engañado y defraudado.

Sólo dos hombres, Josue y Caleb, que habían visto a los gigantes en las ciudades fortificadas, confiaron en que Dios mantendría su promesa y daría esa tierra a los israelitas. Pero nadie les escuchó.

Esto fue la última lucha. Dios decidió dejar que los israelitas se agitasen con sus propias la­mentaciones. Ninguno de los que lamentaban habría de vivir para pisar la Tierra Prometida. En vez de eso, la naci6n de Israel habría de vagar por el desierto durante cuarenta años, hasta que se desarrollase una nueva generaci6n, que entra­ria guiada por Josue y Caleb, los dos únicos que habrían de sobrevivir.

“A causa de 1o cual me disguste contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su coraz6n, y no han conocido mis caminos” (Hebreos 3: 10).

Mezquinas lamentaciones impidieron que los israelitas entrasen en la Tierra Prometida.

Nuestras quejas y murmuraciones en contra de Dios por cosas pequeñas pueden impedirnos entrar en el perfecto plan que tiene para nuestras vidas. .

“Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (Hebreos 3:12).

La causa de las murmuraciones de 1os israe­litas era la falta de fe, y la falta de fe es la raíz de cada una de las pequeñas quejas.

La falta de fe no permiti6 que los israelitas entrasen en Canaan. Pero Dios quería hacer algo mas que llevarles sólo a una localidad geográfica. La Tierra Prometida de Dios era también un lugar de descanso perfecto, una actitud de con­fianza perfecta y paz mental.

“Temamos, pues, no sea que permaneciendo aun la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberla alcanzado. Pe­ro los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, jure en mi ira, no entraran en mi reposo” (Hebreos 4: 1, 3).

Dios tiene un lugar de descanso perfecto pre­parado para nosotros ahora. Y no pienso que sea después de la muerte, sino ahora. El descanso en el es el estado perfecto, y en el cual podemos en­trar todos por la fe. Pero, a fin de hacerlo así, tenemos que dejar nuestro pecado de increduli­dad, nuestras lamentaciones, nuestras quejas, nuestras murmuraciones. La incredulidad es una ofensa seria en contra de Dios.

Son pecadores, dice Cristo, “porque no creen en mi” (Juan 16: 9).

La incredulidad, como todos los pecados, es un acto deliberado de rebelión contra Dios. Podemos elegir creer ó no creer. Webster define la incre­dulidad como “una negación de la creencia”. “In­credulidad ó escepticismo: una renuncia de lo que es afirmado.”

Si la incredulidad es una negación de la creencia entonces somos responsables de nuestras acciones, y debemos hacer algo.

El primer paso al tratar de algún pecado es la confesión.

Durante años dije con presunción que rara vez murmuraba, esto es, raramente murmuraba en voz alta. Cultive y mantuve una fachada son­riente, pero era en mi interior un murmurador habitual. Por supuesto, entre tanto, no pensaba que era culpable de murmuración.

Creía que mis quejas eran legítimas. Me la­mentaba cuando no podía dormir bastante, y te­nia que levantarme por la mañana sin haber po­dido descansar 1o suficiente. Me quejaba en voz baja si encontraba que el cuarto de baño estaba ocupado por otro miembro de la familia; me que­jaba cuando tenia que desayunar apresuradamente. Me quejaba cuando las cosas iban mal en la oficina y las personas no hacían 1o que esperaba de ellas. Me quejaba del importe de las facturas; cuando mi coche no quería arrancar; cuando hallaba un semáforo en rojo en mi camino. Me quejaba cuando tenia que trabajar hasta bien tar­de en la oficina y no podía ir a casa a tiempo para descansar.

Cuando, finalmente, el Espíritu Santo empezó a mostrarme lo que la Biblia decía en cuanto a dar gracias a Dios en todas las cosas, empecé a darme cuenta de que había estado haciendo 1o contrario durante años y de que nunca había pensado en ello.

El primer paso hacia la rehabilitación era

admitir que era un inveterado murmurador.

Creo que el modo más eficaz de tratar con nuestros pecados es ser precisos con ellos. Admitámoslos, confesémoslos, pidamos perdón a Dios, y tomemos la decisión tajante de no caer en ellos nuevamente. Entonces, pidamos a Dios que nos quite el pecado y nos de las fuerzas para poder resistir cualquiera tentación. Por ultimo, démos­le gracias por ello y prosigamos con fe creyendo que esta hecho.

Una vez que hagamos el prop6sito de no mur­murar y prometamos, en su lugar, dar gracias a Dios por cada cosa, por pequeña que fuere, que nos hacia murmurar, entonces podremos esperar que Dios obre en nosotros.

No podemos cambiarnos a nosotros mismos de murmuradores incrédulos en creyentes agradeci­dos. Es Dios quien tiene que hacer el cambio. Hemos de tomar la decisión de dejar de mur­murar y comenzar a alabar y dar gracias a Dios, pero es el poder de Dios el que tiene que obrar la transformación. A nosotros nos corresponde mantener nuestros ojos fijos en Jesús y agrade­cer a· Dios por 1o que puede hacer.

En la práctica, veremos que Dios ha de traer a nuestras vidas las mismas circunstancias que emplea para hacer desaparecer nuestras murmu­raciones. Cuando las veamos venir, demos gra­cias a Dios porque esta empleando los mismos incidentes para llevar el cambio en nosotros. An­tes, nos hacían tropezar; ahora, nos mostraran el poder de Dios. Servirán para aumentar nues­tra fe.

Aceptando cada cosa pequeña que nos ocurre con gozo y gratitud, el poder de Dios nos librara, en nosotros y a través de nosotros, y, pronto, también experimentaremos un sentimiento de go­zo . Pero no mire el sentimiento como un signo.

Nuestra alabanza y gratitud deben estar basadas en la Palabra de Dios y no en nuestros sentimientos.

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